María Boneo en Calcaterrra

María Boneo (Belgrado, Yugoslavia), vive desde 1968 en Argentina. Estudió pintura con Miguel Angel Bengochea  pero al ingresar en la Escuela Nacional de Bellas Artes se inclina hacia la escultura y durante cuatro años asiste al taller de Aurelio Macchi.

Otro de sus maestros fue Leo Vinci, posteriormente concurre a la Escuela de Escultura Estatuaria de Carrara y finalmente se perfecciona con la destacada escultora Beatriz Soto García.

Hasta aquí un sucinto curriculum de esta artista cuya obra conocimos hace unos años y en la que la figura femenina, sin cabeza, brazos o pies, era su objetivo como expresión artística. Formas ondulantes, sutiles, una idealización del cuerpo que remitía a Vesta, diosa romana del hogar, la Sibila que encarnaba a la profecía y a la intuición, Selene, diosa de la Luna.

Como muchos artistas que trabajan la figura en mármol, es importante el acento puesto en el diálogo de luces y sombras, el equilibrio entre lo rugoso y la tersura del material, y en los atributos de la escultura definidos por Herbert Read en “el Arte de la Escultura” publicado en 1956 cuando señala que “la sensibilidad plástica es más compleja que la sensibilidad visual, que entre las virtudes propias del arte de la escultura está la sensibilidad ante el volumen, y la masa, la interrelación de huecos y protuberancias, la rítmica articulación de planos y contornos, la unidad de concepto” .

Pero desde entonces los cambios en el campo de la escultura y en otras disciplinas , han sido notorios, desde la diversidad de materiales, la influencia de la tecnología que en realidad data desde principios de los 60 y el concepto de belleza que está, nos atrevemos a decir, degradado y extinto.

María Bonea rehusa inscribirse en esta visión que bordea lo apocalíptico y en su actual exposición reafirma lo que está en su ADN artístico así como en la enseñanza de los maestro nombrados, un hacer meticuloso, para estos tiempos, lujoso, en un muestrario de formas alejadas ahora de sus figuras femeninas.

Lujosa por la pátina laqueada o el niquelado que da sus bronces así como el empleo de resina poliéster  de una de las obras de gran tamaño que ocupa el centro de una sala de la galería.

En su mayoría son obras orgánicas, la autora las ha complejizado y las llama forma nido por su dinamismo, gran fuerza interna y energía.

 Según Henry Moore “una obra debe principalmente tener vitalidad propia. No quiero decir que sea un reflejo de la vitalidad de la vida, del movimiento, de la acción física, pero sí tener en ella una energía contenida, una intensa vida propia, independientemente del objeto que pueda representar”.

Publicado en Ambito Financiero